Viajar a Barcelona

 Teo en BCN

Cruzar el océano Atlántico para un gato es algo muy complejo. Tuve que ponerme un microchip en el lomo, vacunarme y hacerme varios estudios. Tengo que confesar que cuando decidí dejar la ciudad de Mendoza y venirme a vivir a Barcelona junto a Ludovica y Alejandro, pensé que el viaje sería un pasatiempo agradable. Nada más erróneo. Llegué en jaula al aeropuerto de El Plumerillo (Mendoza), y me metieron sin contemplaciones en el depósito de un avión de Aerolíneas Argentinas rumbo a Buenos Aires. Tuve mucha suerte, ya que el día del viaje no hubo huelga ni de maleteros ni de pilotos, e inexplicablemente no se produjo ningún retraso considerable. Estaba confiado en que no habrían cortes de rutas aéreas por los conflictos políticos entre populistas y conservadores, pero tenía mis dudas, ya que en Argentina siempre suceden cosas extrañas.

Cuando el avión despegó, luego del susto inicial, cerré los ojos y me puse a pensar en la luna y las estrellas, y a la hora y media estaba paseando junto a decenas de maletas por las cintas metálicas de Aeroparque. De ahí me metieron en un remís rumbo a Ezeiza, y de nuevo fui a parar a un depósito frío y ruidoso. Viajé junto a un gato siamés, y frente a un perrito caniche; cada uno, por supuesto, en sus respectivas jaulas. El siamés tenía pánico, y el odioso caniche no paraba de llorar. Ante tanto alboroto no funcionó lo de la luna y las estrellas, y la primer hora de vuelo me resultó eterna. Por suerte el cansancio hizo estragos en mis compañeros de viaje, que exhaustos por la tensión se callaron la boca y me permitieron implementar algunas técnicas zen de meditación.

Trece horas de encierro rudo derivaron en un nuevo paseo; esta vez por las cintas metálicas del aeropuerto de Barcelona. Allí me esperaban Daniel y Ronald, unos amigos humanos que me llevaron hasta el centro de la ciudad, más precisamente al Eixample, donde me alojé.

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Mis primeras impresiones sobre el mundo desarrollado fueron muy positivas: no hay perros sueltos en la calle atacando a cuanto gato se les cruza, como sucede en Argentina. Los asesinos seriales (dogos, mastines, rottweilers, pastores y dobermanes, entre otros) transitan por la vía pública acompañados por sus dueños, encadenados y con bozales, ¡como debe ser! Los ridículos y chillones Yorkshire Terrier pululan en los balcones de los pisos de las catalanas solteronas, con peinados extravagantes y moños de colores. No vi perros callejeros, por lo que deduje que los extraditan a sus países de origen, ya que seguramente no tienen vacunas ni microchips.

Con respecto a mis congéneres los gatos, las diferencias culturales se manifiestan sobre todo en el idioma. Aquí la mayoría de los mininos maúllan en catalán. En la Barceloneta y en Ciutat Vella existen muchos lugares donde ir a cazar ratones, y en el puerto hay varios sitios donde se arman discusiones políticas, con la participación de viejos gatos anarquistas y separatistas.

En resumen, el viaje fue un «coñazo», pero la integración no resultó complicada.

Al que vi algo confuso en su comportamiento fue a mi amigo Alejandro. En los primeros días no parecía atinar en nada, lo que me resultó extraño porque él ya había vivido aquí. Se compró una máquina para cortarse el pelo en un chino, y se le rompió a la mitad del corte (uf, se veía patético); fue a comprar yerba (mate) a un paki, y el dueño que no hablaba bien el castellano le hizo un escándalo porque interpretó que le pedía marihuana; una noche se embriagó y se atropelló un equipo de música nuevo, destrozándolo por completo; y bueno, no sigo… Lo importante es que en los últimos días parece mas equilibrado.

Catalunya es un buen lugar para vivir. Para un humano aún no lo sé, pero para un gato no tengo dudas.

Miau!

Teo (gatoteo@gmail.com)